Imagen recuperada de: Metro
“Oh
desgraciado, si el dolor te abate,
Si el
cansancio tus miembros entumece;
Haz como
el árbol seco: Reverdece;
Y como
el germen enterrado: Late.”
José de Diego
Así nos encontrábamos
en la Universidad: secos, adoloridos, extenuados, llenos de incertidumbre y
sobreviviendo dentro de un caos. El paso de los huracanes Irma y María por Puerto Rico nos despertó de un largo sueño; de la inmovilidad y
del tanto esperar un cambio. Nos obligó a pensar en otros y a dejar el egoísmo
a un lado. No todos los profesores llegaron a la institución, pero los que si dijimos
presente, lo hicimos con amor, con resiliencia y sobre todo con empatía por el prójimo.
Nos levantamos,
sin energía eléctrica y sin agua potable, y fuimos a la Universidad a enseñar. A educar con propósito, aunque los recursos tecnológicos estuvieran
grandemente limitados. Y nos adaptamos en el proceso, escuchando a los que más fueron afectados, proveyendo un espacio de discusión para
comprender nuestra nueva realidad. Todavía continuamos adaptándonos, aún luego de más de 60 días del paso del huracán María. Pero no nos damos por vencidos. Reconocemos las limitaciones y flexibilizamos
la enseñanza, creando las condiciones necesarias para que los estudiantes aprendan.
Ser profesor
universitario requiere (en estos tiempos), más que conocer el material a enseñarse, comprender las razones por las cuales continuamos llegando al salón
de clases. La motivación principal tiene que estar presente en nosotros, para poder
transmitirla a través de nuestros gestos no verbales a los estudiantes. Encontré
que la presencia de un poco mas de la mitad de los estudiantes en el salón de
clases fue un gesto extraordinario. Me demostraron su determinación, llevándome
a recordar que la educación también se da fuera del salón de clases. Pude rediseñar
el prontuario y construir una nueva forma de dar las clases, creando un mejor
espacio de trabajo grupal y de apoyo mutuo entre los estudiantes. Me ayudaron
los directores de los programas, mi esposa, mi hijo, mis padres. Cada día era más
difícil levantarme, pero siempre llegaba al aula con ganas de enseñar.
Dentro de todo comprendí
que no hay mal que por bien no venga. Que, aunque continuemos enfrentando un
gran reto con menos de un 50% del país energizado, somos capaces de sobrepasar nuestros
límites y continuar luchando. Porque el primer paso lo debemos dar los
docentes, promoviendo la dedicación y el amor por nuestra labor. Luchando diariamente
como mencionó el gran maestro, el Dr. Ramón Emeterio Betances:
“Sigo luchando
como puedo por el camino de siempre, hasta que caiga rendido.”

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